20 Octubre 2019

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RESILIENCIA EL PODER FEMENINO

“Yo tenía un trauma, yo tenía un karma que venía arrastrando desde que mataron a mi esposo, ese nudo tocó desbaratarlo, y la psicóloga del proyecto, me ayudó”.

Así empieza mi encuentro con María Lucila Muñoz una mujer de 58 años de edad, oriunda de La Unión Nariño. Viuda y madre de dos hijos: Viviana de 31 años y Juan Esteban de 17. Cuando habla de ellos, parece que una luz irradiara de sus grandes y bellos ojos. Una mujer de mirada imponente, que se describe como una mujer echada pa’elante, que no se le arruga a nada. Asegura que todo lo que ha aprendido lo ha hecho a fuerza de necesidad. Cuenta, que uno de los recuerdos más bonitos que tiene de la infancia es su vida en el campo, donde vivía en la gran finca de sus abuelos.. Ahí, dice ella, trepábamos a los frondosos árboles a comer de sus frutos, sin impedimentos, sin restricciones, sin miedos. Fue una infancia feliz.

A María Lucila, grupos al margen de la ley le asesinaron a su esposo el 6 de junio de 1990, conserva intacta en su memoria esa fecha, pues ahí su vida se partió en dos. “Le cambia mucho la vida a uno como mujer. Porque después de haber sido dos personas las que sacábamos adelante un hogar, quedé sola asumiendo esas responsabilidades de padre y madre, y eso es muy duro. Tener que educar, mantener y solventar todas las necesidades de una familia es muy duro”. Luego de eso, y dada las continuas incursiones de los grupos armados en la zona en la que vivían, junto a ocho familias más, tuvieron que desplazarse. Fueron obligadas a despojarse de la tierra que les pertenecía.

Desarraigadas, ella y su familia, llegaron a Miranda, un municipio al norte del departamento del Cauca. Ahí vive desde hace 15 años. Y ahí finalmente empezó a reconstruir su historia. Cada una de las experiencias de vida que tuvo, la impulsaron para convertirse en una gran líder de la zona, se dedicó a mantener su hogar, y a trabajar por las víctimas de desplazamiento forzado y homicidio. En ese camino, y haciendo parte de la Mesa Departamental de Víctimas del municipio, recibió un reconocimiento por parte de la Escuela Galán de Bogotá la “hicieron lideresa” como lo expresa ella misma, con tanto orgullo.

En ese trasegar complejo de ser madre cabeza de hogar, tuvo la posibilidad de ser seleccionada como beneficiaria del proyecto: “Reconstruyendo el tejido social en comunidades y familias para la Convivencia y la Paz en el Norte del Cauca, Colombia”, financiado por Ayuda Humanitaria Alemana, Pan Para el Mundo y Diakonie Katastrophenhilfe e implementado por la Fundación Tierra de Paz organización no gubernamental que trabaja por las comunidades víctimas del conflicto armado en Colombia. “El acompañamiento del proyecto ha sido grandísimo, no sé cómo agradecer por tanto”, responde al preguntar sobre su experiencia con el proyecto.

Cuando la Fundación coincidió con ella, su hijo estaba cursando noveno grado, y uno de los primeros fortalecimientos que recibió fue un kit escolar y los uniformes completos, que le permitieran seguir asistiendo a su colegio con los materiales esenciales para ello. En este camino, ha recibido varias capacitaciones que le han permitido, como dice ella, mejorar su calidad de vida.

Cuando conocimos su casa, el techo estaba a punto de venirse abajo, agujerado por el tiempo era un constante riesgo para ella y sus hijos. Nos contó que cuando llovía, debía llenar su casa de baldes y ollas para recoger el agua que entraba por las goteras. Temíamos que el techo se nos viniera encima, expresaba, mientras mira con alegría el nuevo con el que cuenta ahora su vivienda, y que también hizo parte del proceso de mejoramiento de vivienda que impulsa el proyecto.

Los proyectos productivos, son también una apuesta por el mejoramiento de la calidad de vida de las víctimas, un proyecto que se define luego del constante acompañamiento del personal de la Fundación, y que debe tener en cuenta las condiciones y el contexto en el que se encuentran los beneficiarios. Ella, María Lucila, decidió apostar por un proyecto piscícola, una apuesta novedosa en el sector. Dado que su casa no cuenta con espacio suficiente para montar el proyecto pscícola, tuvo que hacerlo en Monteredondo, una vereda a media hora del casco urbano de Miranda y que luego de la Firma del Acuerdo de Paz, se convirtió en uno de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). Allí, Abraham Ipía su coequipero, ayuda en el mantenimiento del proyecto, que recibió 1500 alevines (peces) y el montaje completo para el lago.

“Mi encuentro con este proyecto es algo inigualable, porque mi vida cambió, para bien, para mejorar. Ahora soy diferente, mis hijos lo notan, y yo lo siento”, expresa María cuando indagamos acerca de cómo vivió la experiencia del acompañamiento psicosocial, que para Tierra de Paz es una de las iniciativas más importantes en este caminar junto a las víctimas.. Un proceso indispensable de resiliencia y reconstrucción de sus vidas.

¿Cuál es el momento exacto en el que una víctima suelta el dolor y decide avanzar? ¿Hay un instante en el que ese peso que arrastra se suelta?...y entonces, en ese preciso instante empiezas a ser otra persona, la misma historia, pero otra diferente. Que mira hacia atrás, pero solo para hacer memoria y no, para sentir dolor. Ese instante, María Lucila lo vivió, nos lo contó, con su mirada imponente, con su voz resquebrajada, con sus manos aferradas a ella misma. Casi como si su alma saliera con cada palabra pronunciada, nos narró que ese dolor le estaba haciendo daño a ella y a sus hijos, pues a diario se negaba a perdonar. Sin embargo, ese último encuentro con Lesly del equipo psicosocial de Tierra de Paz, le permitió trascender eso que vivió, pero no sólo a ella, también a sus dos hijos, quienes vieron en su madre la posibilidad de aprender cómo hacerlo. Aún conserva la cajita en forma de corazón que la psicóloga le regaló en su último encuentro. “Cuando siento desfallecer, la abro y leo cada una de los propósitos que tengo, y que expresé cuando me encontraba con Lesly, ella se tomó el trabajo de ir recopilándolos. Entonces, eso me da fuerza, me recuerda el por qué estoy aquí y por quienes debo seguir viva”.

María Lucila tiene muchas expectativas, frente a cada uno de los fortalecimientos que se lograron hacer desde el proyecto, está segura que sus pececitos, como ellas les llama, permitirán generar mejores ingresos, no solo para ella y sus hijos, sino para las 3 familias que vinculó en esta la apuesta piscícola. Su hijo, Juan Esteban, ahora hace parte de la Escuela de Música del municipio, reconocida en la región, su hija es también su orgullo..

“Los veo vivir, veo mi casa, veo mi empresa piscícola, y estoy segura que lo estoy haciendo muy bien y que puedo seguir adelante”.

Echa un vistazo a la historia de Maria Lucila en el siguiente video:

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